95 | FICCIONES | 5 de febrero de 2003

Ganadores del Concurso Literario Juvenil "Terminemos el cuento" 2002 (Argentina) -
Cuento completo de Ana María Shua

Se conocieron los ganadores de la cuarta edición del Concurso Literario Juvenil "Terminemos el cuento", cuyos trabajos se reproducen en esta página junto con el cuento de Ana María Shua que se utilizó en el concurso, ahora con el final escrito por la autora (inédito hasta este momento).

El certamen estuvo organizado por la Dirección de Cultura y Comunicación de Unión Latina, y destinado a jóvenes argentinos cuya edad oscile entre los 14 y 18 años, "a fin de potenciar la creación literaria entre estudiantes de educación secundaria y bachillerato".

La modalidad de este concurso se basa en que cada participante debe redactar un final original e inédito con una extensión máxima de dos páginas para un relato del que sólo se conoce la mitad. En esta ocasión, se trató del relato "Desde el Acantilado", de la escritora argentina Ana María Shua. La convocatoria y las bases fueron publicadas por Imaginaria y se pueden leer aquí: www.imaginaria.com.ar\08\3\terminemos.htm. En esta edición publicamos el cuento completo, con el final originalmente pensado por la autora (a quien agradecemos su autorización para reproducirlo).

La Cuarta Edición del Concurso contó con la co-organización de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina (ALIJA), y con la colaboración y el auspicio del Centro Cultural de España, la Sociedad Argentina de Escritores, la Cámara Argentina del Libro, el Centro Cultural Borges, el diario La Nación y la revista electrónica Imaginaria.

El jurado estuvo integrado por Sandra Comino, Laura Canteros y Claudia Sánchez, que participaron realizando la lectura previa y selección de los finalistas, y el veredicto final estuvo a cargo de Ana María Shua, María José Otero (por Unión Latina) y Alicia Salvi (por ALIJA).

El ganador fue Javier Ezequiel Pérez, de 17 años, residente en la ciudad de Tandil (provincia de Buenos Aires).

El jurado decidió también otorgar tres Menciones Especiales:

Para mayor información sobre el concurso "Terminemos el cuento" dirigirse a:

Unión Latina (Oficina de Buenos Aires)
Azcuénaga 1517 2º E
C1115AAO Buenos Aires
Argentina

Telefax: (54 11) 4803-1636 / 4801-3231
Email: ulprensaydifusion@infovia.com.ar
Página Web: http://www.unilat.org

A continuación, reproducimos el cuento de Ana María Shua junto al final ganador y las tres menciones especiales.


Desde el acantilado

por Ana María Shua

La mujer tenía la cara caída, las mejillas colgando. Esas marcas en la boca como un muñeco de ventrílocuo.

—Te espero hasta mañana y ya me estoy jugando el trabajo —dijo—. Pero si mañana no pagás la concesión perdés el puesto en la feria, lo siento. Sabés que hay mucha gente en lista de espera.

Nicolás sabía. La empleada de la Municipalidad no tenía la culpa, al contrario, le estaba haciendo un favor. Eso no mejoraba nada su cara de perro viejo.

Salió en la bici contra el viento, para el lado del muelle. Quedaban algunas posibilidades, las últimas. Las menos obvias. Por el camino lo vió al hermano de Rodrigo que venía con el mediomundo.

—En el muelle no lo vas a encontrar, ya nos vamos todos —le dijo—. El viento está loco, se viene el tormentón. Rodrigo debe estar en el acantilado, para el lado del Caupo, me dijeron que hay una apuesta.

En los últimos años los del hotel se habían dado cuenta de que Caupolicán era un nombre muy difícil de pronunciar para los turistas extranjeros. Ahora se llamaba como la mujer del dueño, el Mary Ann Palace, pero la gente del pueblo lo seguía llamando el Caupo.

Yendo para el otro lado, Nicolás casi no tenía que pedalear. El viento lo llevaba. Le empujaba los hombros anchos, el cuerpo flaco como una tabla. Le tiraba el pelo en la cara hasta que paró y se lo ató con un gomita.

En el acantilado había un par de autos. Estaba Rodrigo y cuatro o cinco más, mirando el mar.

—Mirá, el Patas y el alemán. Ahí, ¿los ves? tratando de cruzar la rompiente.

El mar estaba gris y bramaba. Las olas se levantaban varios metros. La espuma era marrón. Los dos locos se tiraban contra las olas para pasarlas por debajo. Hacía frío, el cielo estaba cada vez más oscuro. Los hombres apostaban por el Patas. El alemán era un turista. Había sido campeón nacional en su país y nadaba como los dioses del mar pero no conocía las corrientes y las rocas de Médanos. El Patas era corvina de la zona.

—¿Y a mí qué? ¿Por qué tengo que prestarte plata justo yo? —dijo Rodrigo—. ¿Qué me va a pasar si no estás en la Feria de Artesanos? Un hipposo menos.

—Marina está embarazada —dijo Nicolás.

Podía dar resultado o todo lo contrario. Rodrigo y Marina había sido novios todo el secundario.

—No sé, vení dentro de un rato. Por ahí, si gano la apuesta te toca algo.

Pedaleó otra vez contra el viento y era como levantar una roca con los pies. La madre estaba cerrando el kiosko, luchando para que que no se le volaran los diarios y revistas junto con la protección de plástico transparente, sucio. Era una mujer alta, a la que Nicolás se parecía de una forma difícil de explicar. Los hombros anchos, quizás. No en el color de los ojos, pero sí en la mirada.

—Plata no hay —le dijo—. ¿Qué pasa, Marina se cansó de bancarte?

Ella nunca había aceptado que Nicolás se fuera a vivir con una mujer mayor que él. Pero aflojó, siempre aflojaba. Ni la cuarta parte de lo que Nicolás necesitaba y sin embargo tocar los billetes en el bolsillo le daba fuerzas, por primera vez se le ocurrió que no sería imposible conseguir el resto. Si perdía el puesto en la Feria de Artesanos, iba a tener que dejar el pueblo. Y Marina no se iría con él.

Le llamó la atención ver que varios autos enfilaban para el acantilado. Entró a tomar un café en el boliche del Zorro y se enteró de que la apuesta seguía, aunque las cosas habían cambiado. El Patas había decidido que el mar no estaba para juegos y se había vuelto a la orilla. El alemán había pasado la rompiente y ahora no podía volver. Para entrar a la playa había que embocar entre las escolleras. El viento y las corrientes se la estaban haciendo difícil. De a poco todo el mundo se enteraba. Con el tiempo tan feo, la gente no tenía nada que hacer y se iban todos a ver la cabecita del nadador yendo y viniendo en la locura del mar. Las apuestas estaban dos contra uno a favor del alemán, había varios que lo conocían, un tipo grandote, como de cuarenta años pero con físico de atleta.

Lucy vivía bien arriba, como a treinta cuadras de la costa. El viento amainaba un poco en esa zona donde las casas crecían apretadas unas a otras, compartiendo medianeras como en cualquier pueblito, sin los jardines de las casas de veraneo.

Lo había dejado para el final con la esperanza de que no fuera necesario. Hubiera querido pedirle muchas cosas a Lucy, pero no plata. Ella abrió la puerta y no lo dejó entrar. Nicolás espió un poco por detrás de su cuerpo. De la casa salía una corriente de aire cálido, con olor a sopa. Había libros y carpetas arriba de la mesa. Al final le dio algo de dinero, unos billetes que tenía escondidos adentro de un libro, en la biblioteca. Cuando ya se montaba en la bici, Lucía le dijo que ojalá pudiera no verlo nunca más y se echó a llorar. Nicolás se fue silbando contento, aunque la plata no le alcanzaba para nada.

Llovía finito. En la avenida del mar los autos que iban en dirección al Caupo formaban una lenta caravana. Con la bici y el viento a favor llegó mucho más rápido.

En el acantilado, ahora, había un mundo de gente, hombres, mujeres, chicos. Todos bien abrigados, con gorros y pañuelos en la cabeza. El viento era tan fuerte que la lluvia volaba en horizontal, en gotas minúsculas, impalpables cuando daban contra la ropa pero que se clavaban como astillitas en la piel de la cara. Un poco separada de la multitud estaba la mujer del alemán, rodeada, defendida casi, por algunos parientes y amigos. Miraba por los prismáticos con el cuerpo en absoluta tensión, sin apartar la vista ni un segundo, como si fuera su mirada lo que sostenía al hombre que luchaba allá lejos por mantenerse a flote.

Hacía ya unas horas que el alemán había pasado la rompiente. Nicolás se fue enterando de los detalles por los comentarios de la gente. Decían que tenía chicos, que estaban en la casa con la abuela. Los guardavidas se habían largado, tratando de llegar hasta el nadador pero el mar los rechazaba, amenazaba estrellarlos contra las escolleras. El helicóptero no se animaba a salir por la tormenta. Ya se habían dado vuelta varios gomones y una lancha grande. El tipo resistía. Hacía la plancha, daba algunas brazadas, cada tanto intentaba volver a orilla. Se veía la cabecita claramente pero tan lejos que cuando a Nicolás le prestaron unos largavistas lo único que pudo ver fue un punto un poco más grande.

—¿Cómo van las apuestas? —le preguntó a Rodrigo.

—Se dieron vuelta. Ahora están cinco a uno en contra del tipo. Parece que lo perdemos nomás.

Nicolás volvió a contar la plata sin mirarla, con la mano que tenía en el bolsillo.

—Yo digo que se salva. Y me juego —dijo de golpe. Sacó los billetes. —Va todo a favor de alemán.

(Aquí se interrumpía el cuento en la convocatoria al concurso. Lo que sigue es el final escrito por Ana María Shua.)

Pero en el momento en que Nicolás saca los billetes, antes todavía de que Rodrigo empiece a contarlos, su figura se transparenta y comienza a disiparse en el aire húmedo de la costa. Los apostadores se vuelven borrosos, se mimetizan con las rocas del acantilado o con el fondo de mar y cielo. Quedan los espectadores, adultos y chicos, gente cuyo nombre nos es desconocido o indiferente. Queda la cabeza del nadador, apareciendo y desapareciendo según el permiso de la olas. Ya ni siquiera podemos asegurar que sea alemán. Nicolás, su madre, Marina, Rodrigo, Lucy, la vieja de la Municipalidad no existen, no existieron nunca, son personajes de ficción a los que puedo hacer aparecer y desaparecer a voluntad.

Otro cambio grande se está produciendo. Las ropas de las gente. Los autos. Los edificios del pueblo. Médanos se convierte en Miramar. Estamos retrocediendo en el tiempo. Velozmente. En los años cincuenta del siglo veinte, Miramar ya tiene los diez mil habitantes permanentes necesarios para llamarse ciudad. La ciudad de los niños.

Persisten ciertas imprecisiones en la escena. Imposible determinar la fecha exacta. Es verano, estamos en 1956 o 57 o 58. Allí estoy yo, me reconozco, pancita, rulos oscuros, menos de diez años, no muy cerca del borde del acantilado, sostenida y protegida por las manos de mi padre que me agarra fuerte de los hombros. De vez suelta una mano para señalarme un punto en el mar. Mamá está al lado nuestro, con mi hermanita en brazos.

Alcanzo a verlo. Dicen que está nadando o que hace plancha, yo no lo puedo distinguir. Espera que lo vayan a buscar, confía en que lo salven. Sólo tiene que aguantar un poco más, lo suficiente para que lleguen hasta él con una lancha, o para que venga el helicóptero de Mar del Plata. Debe tener hambre, pero sobre todo mucho frío. Debe sentir un alivio cálido cada vez que orina. Los adultos comentan la locura de la apuesta que lo hizo pasar la rompiente, moviendo la cabeza con reprobación.

Hubo tormenta fuerte a la mañana pero ahora ya no llueve. Todavía hay viento. El mar sigue loco y feroz. Es de tarde. Como todo el resto del pueblo, estuvimos en el acantilado a la mañana, nos fuimos a almorzar y volvimos para seguir mirando. La única que no se fue en ningún momento es la mujer del hombre que nada. Está ahí, con sus hijos. Mamá me la muestra con disimulo, sin señalar con el dedo porque es mala educación. Hace horas que estamos ahí parados. A decir verdad, me aburro un poco.

-¿Por qué no lo salva Fulco? -le pregunto a papá.

Fulco es el bañero que salvó al muchacho atacado por un tiburón. Es nuestro héroe. Me resulta muy difícil imaginar que Fulco no pueda rescatar a alguien que está en peligro de ahogarse. Pero no puede. Ya se intentaron varios salvatajes. No consiguen llegar hasta él. Las rocas sumergidas y las corrientes están en contra. En Miramar no hay más elementos de rescate que las sogas con salvavidas.

Mucha gente escucha la radio local. Papá me acerca la Spika de a ratos. Se transmite lo mismo que estamos viendo, palabras para vestir la imagen un poco monótona que tenemos delante de los ojos. Mar del Plata está lejos, el tiempo es muy malo, el helicóptero o la lancha son promesas vagas, posibilidades de las que se habla y que no se cumplen.

La cabeza del hombre que nada detrás de la rompiente empieza a ser cada vez más difícil de distinguir. Algunos dicen que no está. Otros insisten en señalar un sector de las olas. Hace casi ocho horas que el hombre está sosteniéndose en el agua. A lo largo del día la corriente lo fue arrastrando lejos del pueblo, pasando el arroyo Durazno, hasta la altura de la ruta. Los espectadores nos hemos ido moviendo con él, casi sin darnos cuenta. Es un nadador extraordinario, todo el día se habló de su locura pero también de su habilidad y fortaleza.

Ahora hay gente que se está yendo. Dicen que no vale la pena quedarse porque ya no se ve nada. El acantilado se va despoblando de a poco. Resisten los más imaginativos. Al día siguiente sabremos que la mujer y los hijos del nadador son los últimos en irse, cuando ya es de noche. Que se los han tenido que llevar a la fuerza.

La escena del acantilado no se transparenta, no se disipa. No hay forma de que los personajes se vuelvan borrosos. Están grabados, muy nítidos, en mis recuerdos. A los siete, ocho, o nueve años he aprendido dos verdades esenciales. No hay que meterse en el mar cuando hay tormenta. La muerte puede ser un espectáculo.


Final ganador

por Javier Ezequiel Pérez

Se hizo un profundo silencio. "Va todo a favor del alemán", repitió en tono desafiante. La gente se fue acercando y Adrián, un viejo usurero del pueblo al que llamaban el psicólogo, porque convencía rápido a la gente, lo increpó: "Si querés perder, te juego todo".

Nicolás redobló la apuesta. "Juego todo", dijo, y le entregó la plata al banquero que tomaba las apuestas.

Se quedó en silencio y, nuevamente, como en cada momento difícil de su vida, se le apareció la imagen de su abuelo Armando, con una frase que lo había marcado... "Hay que jugarse, Nicolás... hay que jugarse... en la vida hay que jugarse", le decía mientras Nicolás le comentaba su indecisión de declararle su amor a la chica que le gustaba.

Pensó en Marina, seguramente la perdería, pensó en el hijo por venir, pensó en su puesto en la feria, lo perdería. Pensó en su orgullo. Todos los amigos lo cargarían. Pensó en su futuro, se sacó la ropa, se quedó en malla y se arrojó. Cada brazada era un pensamiento. Fue haciendo un recorrido por su vida. Pensó en su madre. No había tenido una buena relación pero era su madre y nunca había podido decirle cuánto la quería. Mientras el mar lo golpeaba recordó su infancia, sus alegrías, las caminatas con su abuelo por la playa, que ante cada interrogante le decía: "Hay que jugarse Nicolás, hay que jugarse".

Se dio un pequeño respiro. Le costaba avanzar. El mar estaba bravo como nunca, pero él era un buen nadador, había ganado torneos en el club y en la última carrera a mar abierto había salido tercero. Aunque no era el mejor clasificado del pueblo, siguió avanzando. Tendría al alemán a unos cien metros. Se sostenía como podía. La cabeza calva del alemán aparecía y desaparecía en la superficie agarrado a una tabla que seguramente se había desprendido de una de las lanchas que se habían dado vuelta. Hizo el último esfuerzo y llegó. El alemán estaba desfigurado, blanco, pálido, los ojos vacíos. Como pudo se agarró de la tabla. Era larga y bastante ancha para poder flotar los dos. Se sostuvieron, el alemán lo miraba y no hablaba. El tiempo parecía una eternidad y Nicolás no tenía resto para volver.

El viento empezó a calmarse. Habían pasado casi dos horas. Las olas ya no eran tan violentas. De pronto vio el helicóptero, empezó a sobrevolar y tiró una soga con salvavidas. Estarían a treinta metros pero con corriente favorable, llegó como pudo y volvió. El alemán y la tabla estaban más cerca. El helicóptero siguió, tiró la soga en la costa y de ahí empezaron a remolcarlos. Eran muchos tirando. Eran los amigos, los vecinos, hasta los chicos. Ya habían pasado la rompiente para el lado de la escollera, se dejaron llevar. Ya no tenían fuerzas, apenas para agarrarse de la soga. Los salvavidas estaban separados por dos metros. Estarían a cincuenta metros de la costa, hizo un último esfuerzo y no recordó más. Se despertó en la arena rodeado de gente. El alemán no estaba. Preguntó si lo había salvado. Lo llevaron al hospital, le dijeron, para recuperarlo. Estaba mal. El también llegó en la ambulancia al hospital. Ahí estaba Marina con su madre. Lo miraban con ojos de reproche, pero él estaba contento. Le había hecho caso al abuelo y lo había salvado al alemán. Además había ganado ocho veces lo que tenía, una fortuna. Tenía para pagar seis meses el puesto, podría hacerle un regalo a Marina, cambiaría su bicicleta por una nueva que creía inalcanzable y la otra se la regalaría a su mejor amigo, el chino Weimann, que todos los días caminaba treinta cuadras para ir a trabajar.

Al otro día estaban recuperados. Se sentaron con el alemán, que le dijo que le pagaría el puesto en la feria por un año con unos ahorros que tenía. Se le caían las lágrimas al alemán, que parecía un tipo duro. Su señora lloraba, Marina también. Había mucha gente afuera esperando que salieran. Llegó su madre, lo abrazó como nunca y él, llorando, le dijo cuánto la quería.

Salieron cuatro o cinco horas después. Ahí se encontró con el pueblo entero que los esperaba. Hasta el presidente de la feria, el Gordo Mercanti, un tipo que a veces no lo trataba demasiado bien, lo abrazó con esos abrazos que duelen y le dijo, mientras lo felicitaba, que lo esperaba el intendente, el Vasco Arrebengoa, que nunca antes lo había atendido aunque había ido como veinte veces a verlo para que le hiciera un descuento en el puesto de la feria.

Todo fue pasando. Nació Javier, su primer hijo. Estaba muy bien con Marina. Había mejorado mucho la relación con la madre, que visitaba al nieto todos los días. Hasta su suegra, Blanca, lo toleraba pese a que muchas veces le había dicho que era un irresponsable.

Pasaron algunos años. Nació después Ezequiel, el segundo hijo. Con el alemán iban mucho al muelle. Mientras miraban el horizonte, muchas veces, el alemán decía por lo bajo "ya te voy a vencer, todavía estoy vivo y puedo".

Un domingo a la tarde vio que todo el pueblo iba hacia la escollera, en auto, a pie, en bicicleta. El caminaba con Marina y los chicos. Tuvo una sensación extraña. Preguntó qué pasaba. Alguien le dijo: "El alemán no puede salir". El sabía que el alemán lo intentaría. Marina lo miró, mientras se acercaban al muelle y le dijo "esta vez, no... no me ves más".

Había una multitud. Cuando lo vieron llegar le comentaron que el alemán estaba solo, mirando, cuando llegó el "Pucho" Paredes. Tomaron unos mates. El día estaba lindo y el mar bastante calmo. El alemán le dijo al Pucho: "Hace tiempo que tengo ganas de la revancha...".

Y se largó. El viento cambió en un rato y como la vez anterior quedó detrás de la rompiente. El mar estaba enfurecido, como queriendo demostrar que a él no se lo desafiaba. La historia volvía a repetirse.

El alemán ya había cumplido los cincuenta, no tenia la fortaleza de antes, pero pese a todo daba pelea. Marina no se le despegaba. Le decía que se fueran. Mucha gente lo miraba. También esta vez las apuestas subían. Iban ocho a uno a que no salía. Pidió unos largavistas. Alcanzó a divisarlo. Era un punto que aparecía y desaparecía. De pronto no lo vio más. Parecía que el mar se lo había chupado. Fue la última imagen. Sintió una gran angustia. Abrazó a Marina y a los chicos. Mientras caminaban en silencio, Javier le preguntó qué le pasó al alemán. Nuevamente pasaron muchas imágenes en un segundo. Se agachó, lo miró y conteniendo las lágrimas, le dijo: "Fue a encontrarse con el abuelo Armando".

Javier Ezequiel Pérez tiene 17 años y vive en la Fundación Casa de Contención de Tandíl, Provincia de Buenos Aires. Finalizó la escuela primaria en el Centro de Adultos N° 703 de esa localidad. En marzo de 1999 integró el Taller de Teatro que culminó en una presentación en el encuentro multifamiliar de ese mismo año. También integró el grupo de capacitación del "Cultivo bajo cubierta eco", en el Paraje La Blanqueada. En octubre de 2002 recibió una Mención al Trabajo Comunitario otorgada por el Proyecto "Gepetto Clínica del Juguete", en el Concurso del Primer Foro Joven del Centro "Mucho ruido y muchas nueces", organizado por la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires.

Actualmente se desempeña como empleado del centro de fotocopiado, dependiente de la Fundación Casa de Contención, ubicado en la Universidad Nacional del Centro.


Final con Mención Especial

por Teresa María García Botta

Nicolás hizo su apuesta. Todos lo miran como esperando que él solo cambie de parecer, pero no lo hace. Al acantilado sigue llegando gente, se amuchan, se asoman, preguntan, quieren saber todo. Nicolás no vuelve atrás, ya ha decidido. En eso llega Marina, con su panza a cuestas: "¡cómo le cuesta caminar!" piensa Nicolás, "se ve que Francisco ya quiere salir".

Marina no dice nada cuando se entera de la apuesta, repite ese silencio una vez más, aquel silencio que Nicolás tanto conoce, no aprueba ni rechaza, solo se desentiende.

Nicolás comienza a dudar, el alemán no puede salir, no hay caso. Entonces su mirada se encuentra con el triste cuadro de la familia del europeo, su acongojada mujer (que en ese momento está siendo consolada por algunos vecinos) y sus hijos, ya sin padre nunca volverán a ser felices del todo; luego piensa en Marina y su hijo. Debe ganar la apuesta por ellos, ¿qué hará sino?, ¿cómo mantendrá a su familia? ¿cómo cuidará de ellos? Nicolás no piensa y grita.

—¡Yo voy a ayudarlo, sino se ahoga! —baja por las escarpadas piedras del acantilado y se zambulle al agua.

Entre la multitud, Lucy también está presente, Marina no puede creer lo que su novio acaba de hacer, y Mariano y los muchachos no atinan a detenerlo, Nicolás ya está en el mar.

Caigo al agua, está fría pero no siento molestia, el mar esta muy fuerte, el temporal sigue arreciando. De pronto una ola me revuelca, son muy fuertes. La corriente tira hacia el norte así que encaro casi paralelo a la costa apuntando al sur para que no me arrastre tan fácilmente. No veo la cabeza del alemán, pero sé que primero debo pasar la rompiente.

Las olas son gigantescas, me hundo para pasarlas por abajo y aparezco diez metros mas atrás, esto se vuelve casi imposible, pero no puedo fallar, Marina y el nene necesitan la plata. Pataleo y braceo como nunca, aun así no creo estar avanzando, ni siquiera puedo evitar que el mar me lleve a donde le plazca. La escollera cada vez mas cerca, no sé como impedirle a las olas que me aproximen tan rápida y a su vez tan letalmente hacia ella. Entonces viene la última, la fatal, me arrastra, me revuelca, debajo del agua no puedo ver nada, la fuerza que el agua ejerce sobre mí es imponente, entré en la turbulencia de la que no voy a volver, en medio de la espuma no distingo las rocas. De pronto mi brazo se engancha en una, y luego un sacudón tempestuoso y me estrello...

El ingenuo de Nicolás, ¿qué cree? ¿qué va a salvarlo? Nunca nadó bien. Y encima hoy, que ni el Patas se animó a enfrentarse a las aguas. ¡Y además apostó la plata! No va a llegar al agua, cuando baje el acantilado y vea la espuma que golpea y se eleva en las rocas cuatro o cinco metros como si explotasen va a volver solito. ¡Qué idiota, apostó la plata!, ¿y si pierde?... ¿qué hago con el nene? Está por nacer, con lo que gano en el puestito no alcanza ni para mí... y si le digo a Mariano la verdad, que es hijo suyo... Nicolás es tan imbécil que quizá ni se molesta...

¡Qué es eso! Se metió, se metió al mar, ahí veo su cabeza! Se lo llevan las olas! ¡No, no puede, no va a llegar. ¡Ay! ¡Desapareció! No... ahora veo un puntito negro, debe ser su cabeza. ¡El mar está loco, la espuma, la espuma se lo lleva como si fuese un papel, y las rocas! ¡Cada vez más cerca, Dios mío! ¡Pataleá, pataleá! ¡Por Dios! No, ¡se va a golpear! ¡Ay! Se lo lleva la corriente. Me acerco al borde del acantilado para poder verlo, pero ya es tarde desapareció en las rocas de la escollera del lado norte.

Llegué tarde, Nicolás va camino al agua, no le puedo dar la plata que encontré. Por favor, que vuelva... de veras quiero ayudarlo. No sé qué hacer, soy tan tonta, ¿por qué? ¿Por qué lo habré tratado tan mal hace unos minutos cuando vino él a pedirme a mí? Hubiese aprovechado para demostrarle que aún lo amo... pero no, en cambio lo eché y me quedé sin poder contarle cuánto me importa.

Ahora sí, puedo distinguir su pequeña cabecita en medio de la espuma. El temporal es tremendo, pero él es muy valiente, lo va a salvar, va a volver con el alemán... ¡Vamos, vamos Nicolás, vos podés! Se lo llevan las olas ¡Ay, por Dios! Sin darme cuenta empiezo a hablar en vos alta.

—"¡Vamos Nico, fuerza, vos podes! —la espuma lo arrastra, parece loco pataleando a mil por hora, la correntada lo empuja, tengo miedo, las rocas están muy cerca. —¡Alguien haga algo! —me caen lágrimas, no puedo contenerlas, Marina mira tranquila por el acantilado, se nota que no lo quiere. —¡Por Dios ayuda, guardavidas!

Me acerco al borde, desde le acantilado no se ve bien, ya no lo distingo, la espuma lo cubre y lo descubre constantemente, las rocas se levantan cerca de su cuerpo... Ya no lo veo... todos lloran y se consuelan, yo no quiero pensar lo peor pero inevitablemente viene a mi mente. ¡No me dejes! ¡No te vayas! ¡Yo aún te amo y vos no lo sabes!

María García Botta nació el 1 de marzo de 1987 en la ciudad de Buenos Aires. Cuenta que su abuela le enseñó a leer, antes de ir al colegio. Concurrió al Jardín de Infantes ABC y ,de Primero a Tercero de EGB, al Colegio St.Margarets, ambos del barrio porteño de Belgrano. Desde 4to. grado de EGB concurre al Colegio Hans Cristian Andersen, donde acaba de finalizar el 3er. año de la Secundaria. Le apasiona el hockey y juega en el club Hans Cristian Andersen.


Final con Mención Especial

por María Victoria Stigliano

Todos miraron a Nicolás extrañados. Todos menos la esposa del alemán que sostenía la mirada tan firme como siempre.

—¿Estas seguro? —le pregunto Rodrigo—. Mirá que después no hay vuelta atrás.

— Ya sé. Va todo a favor del alemán —repitió.

—Bueno, si vos lo decís .... —dijo otro que estaba parado un poco mas atrás, mientras sacaba la plata de las manos de Nicolás y la ponía en una caja con el resto.

Las miradas se concentraron nuevamente abajo. Allá lejos, en la rompiente, el alemán luchaba por mantenerse a flote.

El tiempo pasaba y el alemán seguía ahí. No avanzaba ni retrocedía. Nicolás empezaba a ponerse nervioso.

Ya eran las seis. La esposa del alemán (que se llamaba Muriel) había empezado a sollozar, sin quitar la vista de la manchita que era la cabeza de su marido flotando en medio del furioso mar.

Las siete, y el frío aumentaba. Nicolás empezó a sentir que le dolían los huesos. La llovizna era constante y le hacia sentir cientos de agujitas en las manos y la cara. El agua se le metía por el cuello de la camisa.

A las ocho ya todo el pueblo se encontraba ahí, excepto Lucy. "Debe estar llorando, todavía", pensó Nicolás. Marina le había llevado su abrigo. No hablaron. De pronto, el punto negro que todos seguían en el mar, dejó de verse. Se acercaron al borde del acantilado, casi cayéndose. Nada. El alemán no aparecía. ¿Había muerto? A Nicolás se le hizo un nudo en el estomago.

Pasó un largo rato. Finalmente, el gordo Oviedo abrió la caja para repartir el contenido. Nadie dijo nada pero todos suponían que la tragedia había sucedido. El dinero se repartió entre los ganadores en medio de un profundo silencio roto solo por el desconsolado llanto de Muriel que se elevaba por sobre el batir del mar. Los ganadores de la apuesta se guardaron la plata rápido y con la mirada baja se fueron, sintiéndose culpables.

Nicolás volvió a su casa con Marina, y en todo el camino ninguno dijo nada, cada uno con su decisión a cuestas. Esa noche Nicolás no durmió. La angustia le oprimía el pecho. Se levantó temprano a la mañana siguiente. Era un día fresco y despejado. Marina no se levantó y él se alegró. No quería despedirse. Escribió una carta para su mamá, y decidió meterla por debajo de la puerta. "Para no despertarla tan temprano" se dijo. En verdad tampoco tenía valor para despedirse de ella.

Decidió pasar por el boliche del Zorro para despedirse de sus amigos. Ellos no le reprocharían nada. "Deben estar todos ahí, comentando la muerte del alemán", pensó. No se equivocaba. Estaba casi todo el pueblo. Incluso Lucy, pero cuando él llego, ella dio media vuelta y salió, casi rozándolo y sin mirarlo. Rodrigo, el Patas y otros tres más estaban sentados en una mesa del fondo y Nicolás fue directo hacia ellos. Se despidió de cada uno mientras lo miraban con tristeza y sin asombro.

En ese momento se abrió de golpe la puerta de boliche. El silencio fue absoluto. Ahí, ocupando todo el espacio, la enorme figura del alemán se recortó contra el resplandor de la mañana. Entró, se acercó a la barra y pidió como si nada: "¡Una cerrrvecha bien frrría!". Con su botellita en la mano y seguido por los ojos de todos, se acercó a la mesa del fondo donde estaban los muchachos.

— No me mirrren así, no soy un fantashma —dijo adivinándole el pensamiento a más de uno. Se sentó y bebió su cerveza pausadamente, sin hacer caso de las miradas curiosas que le llegaban de los cuatro costados.

Al rato Nicolás se levantó de la mesa. Habían acordado que el nuevo reparto de dinero se haría a las once y media. Decidió ir a su casa a dejar el bolso, le explicaría todo a Marina y volvería a buscar su dinero. Estaba molesto con ella, pensó que se resignaba a estar sin él muy fácilmente. Mientras pensaba en esto y repasaba su vida en el pueblo se detuvo de golpe. Claramente vio que lo mejor era irse de todas maneras. Sí, veía claro que era una oportunidad. Volvió sobre sus pasos y fue al boliche a esperar el reparto de la plata.

Una vez repartido el dinero volvió a despedirse de sus amigos que lo miraban sin entender. Llegando a la puerta alguien lo llamó con voz fuerte, por encima del murmullo general. Era el alemán, que se acercaba.

—¿Te vas? —le preguntó—. ¿No te alcanza con la plata que ganashte como para quedarrrte?

—Si, pero me voy igual.

— Bueno, Grrracias —dijo el alemán palmeándole la espalda.

—¿Por?

—Por tener fe en mí cuando nadie la tuvo.

—Fue pura desesperación.

—Lo mío también.

Los dos sonrieron y se separaron.

Seguramente no volverían a verse nunca más, pero ninguno olvidaría jamas el día en que la desesperación les dio otra oportunidad.

María Victoria Stigliano tiene quince años y vive con sus padres y su hermano de doce en Villa Allende, una pequeña ciudad cercana a la capital cordobesa. Concurre al colegio Castel Franco y cursará el cuarto año durante 2003. Siempre le gustó escribir y estudiar inglés. Cuando sea mayor quiere ser actriz y escribir guiones de películas y documentales.


Final con Mención Especial

por Mercedes Urbani

Al formalizarse la apuesta, sintió una rara sensación en el estómago. Miedo. Pero también, sintió la necesidad de no apartar la vista del mar. Sus ojos se fijaron en el diminuto punto mecido por las olas. Tenía frío y calor al mismo tiempo. De sus ardientes pupilas brotaban lágrimas, en parte por el esfuerzo de no perder de vista al alemán y en parte por el viento.

Los minutos corrían y la lucha era cada vez más desigual, el hombre se extenuaba. A veces, el punto desaparecía. Nicolás cerraba los ojos y al reabrirlos, buscaba afanosamente. Sí, sí, ahí estaba aún el nadador.

Comenzó varias veces una oración. Hacía mucho que no rezaba y las palabras se le habían olvidado. Pero las reemplazó con otras suyas, acuñando un ruego propio que repetía machaconamente, al ritmo de su respiración.

Casi sin advertirlo, fue acercándose a la mujer del nadador y tuvo conciencia de que tanto él como ella intentaban establecer con sus miradas un lazo que lo atrajera a la costa.

Por un momento, el viento amainó. Y el mar, aún embravecido fue calmándose apenas. El alemán pareció salir de un letargo y comenzó a nadar con vigorosas brazadas hacia la playa. Había encontrado el camino. Toda su experiencia lo traía de vuelta.

Nicolás musitó un agradecimiento por ambos. Cuando ya era posible distinguir los rasgos del nadador entre el oleaje, muchos se acercaron a la orilla. Nicolás, como en un sueño, se despojó de sus ropas y corrió hacia el mar para ayudarlo a salir. Ya casi lo tocaba. Una sonrisa se le dibujó en el rostro. Oyó bramar al mar y retumbó en sus oídos un trueno.

El rayo lo alcanzó en el preciso instante en que el nadador comenzaba a erguirse para salir del agua. Después, su cuerpo volvió a la playa. Se lo entregaron a Marina, junto con la ganancia de la apuesta.

Camino al cementerio, al otro día, aún se observaban las huellas de la tormenta, pero el cielo era azul y el sol brillaba sobre un mar planchado.

María de las Mercedes Urbani se presenta ella misma:

"Después de haberme negado varias veces, la madrugada del 13 de marzo de 1984 nací, como resultado de una conspiración entre mis padres y el obstetra. Yo no estaba de acuerdo y esa actitud me marcó para siempre.

Con obstinada rebeldía decidí romper muchos lápices y lapiceras, gastar muchas gomas y dejar innumerables hojas en blanco, para expresar mi descontento.

Un día, los garabatos sin sentido se convirtieron en letras, luego en palabras y finalmente en narraciones. Una de ellas hizo que ganara, a los diez años, en el colegio, un simpático libro sobre astronautas, que nunca terminé de leer. Este premio influyó decisivamente en mi futuro, cambiando la tradicional vocación infantil de ser astronauta por la de ser escritora.

Sin mayores inconvenientes, transité primaria y secundaria, escribiendo siempre.

Así llegó el feliz domingo en que descubrí en el suplemento de Cultura de La Nación el llamado a concurso de 'Terminemos el cuento'.

Luego de romper varios lápices y de encandilarme largamente con el blanco de las hojas, por fin imaginé un final que consideré apropiado. Lo envié y con él gané el premio, que consistió en cinco libros. Aún no los he leído pero tal vez este premio cambie nuevamente mi vocación: de escritora a..."


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