83 | EVENTOS | 14 de agosto de 2002

Concurso "Terminemos el cuento" IV edición (Argentina)

Unión Latina y la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina (ALIJA) convocan a todos los jóvenes, de entre 14 y 18 años, y residentes en la República Argentina, a la cuarta edición del Concurso Literario "Terminemos el Cuento". Los participantes deberán redactar el final del cuento "Desde el acantilado", de la escritora argentina Ana María Shua. La participación se ajustará a las siguientes bases:

Bases

1) Podrán participar en el concurso todos los jóvenes residentes en la República Argentina, cuyas edades estén comprendidas en el período del 1 de enero al 31 de diciembre de 2002, entre los 14 y 18 años.

2) Aquellos que deseen participar en el concurso deberán redactar el desenlace final del cuento titulado "Desde el acantilado", iniciado por la escritora Ana María Shua, que se adjunta a estas bases. El desenlace del cuento deberá redactarse en idioma castellano, ser original e inédito, estar escrito por una sola persona, en una extensión de 2 páginas, tamaño A4 (210 x 297mm) mecanografiadas a doble espacio por una sola cara.

Deberá enviarse un original abrochado o en folio junto al relato que se finaliza. Cada original irá firmado e indicará el nombre, apellidos, dirección y correo electrónico personal del concursante. También se consignará el correo electrónico de la institución educativa a la que pertenece —en el caso de que lo posea— y teléfono de contacto del participante. Con el original será imprescindible adjuntar declaración firmada por los padres o tutores del participante, indicando sus propios datos personales y documento de identidad, autorizando a su hijo a participar en el concurso y manifestando que aceptan expresamente las bases y condiciones.

3) El original debe enviarse a la Oficina de Buenos Aires de la Unión Latina, Azcuénaga 1517, 2° piso, dpto. "E", (C1115AAO) Ciudad de Buenos Aires, indicando claramente en el sobre Concurso "Terminemos el cuento" IV edición. El plazo de admisión de las obras se cerrará el 15 de octubre de 2002 tomándose como comprobante de la fecha de envío el sello postal del correo empleado.

Las entidades organizadoras no se hacen responsables de las posibles pérdidas o deterioros de los originales, ni de los retrasos o cualquier otra circunstancia imputable a los servicios de correos o a terceros que pueda afectar a los envíos de las obras participantes en el concurso. Una vez hecho público el fallo, los originales no premiados y su copia serán destruidos sin que quepa reclamación alguna en este sentido. No se mantendrá correspondencia con los remitentes ni se facilitará información alguna relativa al seguimiento del concurso.

4) El jurado estará compuesto por un mínimo de 3 y un máximo de 5 miembros, dos de ellos representantes de las entidades convocantes, y el resto, entre los que se elegirá un Presidente, destacadas personalidades del mundo artístico y literario de Argentina. La composición del jurado no se hará pública hasta el mismo día de la concesión del premio

5) El premio se otorgará a aquella obra de las presentadas que por unanimidad o, en su defecto, por mayoría de votos del jurado, se considere merecedora de ello. En caso de discrepancias el Presidente tendrá voto dirimente, pudiendo quedar desierto el concurso si a juicio del jurado ninguna obra merece ser premiada.

6) El fallo del jurado será inapelable y se hará público en un acto que se celebrará durante el mes de diciembre de 2002, reservándose la entidad organizadora el derecho a modificar esta fecha a su conveniencia.

7) Se entregará al ganador un único premio consistente en un equipo informático (PC).

8) El Premio no podrá ser canjeado por su valor en efectivo ni por ninguna otra prestación aún cuando el ganador no pudiera gozar del mismo, total o parcialmente, cualquiera fuese su causa o naturaleza.

9) El autor del relato ganador, representado por sus padres o tutores si fuere menor de edad, cede a la Unión Latina y a ALIJA el derecho exclusivo de reproducción y distribución, comunicación pública y traducción a todos los idiomas de su relato, en todas las modalidades de edición y para todo el mundo, con posibilidad de cesión a terceros, por el plazo máximo de duración que para cada modalidad a ejercitar establezca la legislación aplicable en materia de propiedad intelectual, en el caso de que se edite y/o publique el relato ganador.

10) El autor del relato ganador se obliga a suscribir el oportuno contrato de edición según los términos expuestos en estas bases y en la legislación de Propiedad Intelectual, y cuantos contratos y documentos sean necesarios para la protección de los derechos de explotación cedidos.

11) El ganador autoriza expresamente a las entidades convocantes a utilizar con fines publicitarios su nombre e imagen en los actos de presentación y material promocional que se considere apropiados para la mejor difusión de la obra.

12) La participación en este concurso implica de forma automática la plena y total aceptación, sin reservas, de las presentes bases y el compromiso de no retirar la obra una vez presentada. Para cualquier diferencia que hubiese de ser dirimida por vía judicial, las partes, renunciando a su propio fuero, se someten expresamente a los Juzgados y Tribunales Ordinarios de Argentina.

Para mayor información o retiro de bases, dirigirse a:

Unión Latina (Oficina de Buenos Aires)
Azcuénaga 1517 - 2° piso - "E"
(C1115AAO) Buenos Aires

Horario de atención: de lunes a viernes de 9:30 a 17:30 horas.

Telefax: (00 54 11) 4803-1636 / 4801-3231

Email: ulprensaydifusion@infovia.com.ar
Web: http://www.unilat.org


Desde el acantilado

por Ana María Shua

La mujer tenía la cara caída, las mejillas colgando. Esas marcas en la boca como un muñeco de ventrílocuo.

—Te espero hasta mañana y ya me estoy jugando el trabajo —dijo—. Pero si mañana no pagás la concesión perdés el puesto en la feria, lo siento. Sabés que hay mucha gente en lista de espera.

Nicolás sabía. La empleada de la Municipalidad no tenía la culpa, al contrario, le estaba haciendo un favor. Eso no mejoraba nada su cara de perro viejo.

Salió en la bici contra el viento, para el lado del muelle. Quedaban algunas posibilidades, las últimas. Las menos obvias. Por el camino lo vió al hermano de Rodrigo que venía con el mediomundo.

—En el muelle no lo vas a encontrar, ya nos vamos todos —le dijo—. El viento está loco, se viene el tormentón. Rodrigo debe estar en el acantilado, para el lado del Caupo, me dijeron que hay una apuesta.

En los últimos años los del hotel se habían dado cuenta de que Caupolicán era un nombre muy difícil de pronunciar para los turistas extranjeros. Ahora se llamaba como la mujer del dueño, el Mary Ann Palace, pero la gente del pueblo lo seguía llamando el Caupo.

Yendo para el otro lado, Nicolás casi no tenía que pedalear. El viento lo llevaba. Le empujaba los hombros anchos, el cuerpo flaco como una tabla. Le tiraba el pelo en la cara hasta que paró y se lo ató con un gomita.

En el acantilado había un par de autos. Estaba Rodrigo y cuatro o cinco más, mirando el mar.

—Mirá, el Patas y el alemán. Ahí, ¿los ves? tratando de cruzar la rompiente.

El mar estaba gris y bramaba. Las olas se levantaban varios metros. La espuma era marrón. Los dos locos se tiraban contra las olas para pasarlas por debajo. Hacía frío, el cielo estaba cada vez más oscuro. Los hombres apostaban por el Patas. El alemán era un turista. Había sido campeón nacional en su país y nadaba como los dioses del mar pero no conocía las corrientes y las rocas de Médanos. El Patas era corvina de la zona.

—¿Y a mí qué? ¿Por qué tengo que prestarte plata justo yo? —dijo Rodrigo—. ¿Qué me va a pasar si no estás en la Feria de Artesanos? Un hipposo menos.

—Marina está embarazada —dijo Nicolás.

Podía dar resultado o todo lo contrario. Rodrigo y Marina había sido novios todo el secundario.

—No sé, vení dentro de un rato. Por ahí, si gano la apuesta te toca algo.

Pedaleó otra vez contra el viento y era como levantar una roca con los pies. La madre estaba cerrando el kiosko, luchando para que que no se le volaran los diarios y revistas junto con la protección de plástico transparente, sucio. Era una mujer alta, a la que Nicolás se parecía de una forma difícil de explicar. Los hombros anchos, quizás. No en el color de los ojos, pero sí en la mirada.

—Plata no hay —le dijo—. ¿Qué pasa, Marina se cansó de bancarte?

Ella nunca había aceptado que Nicolás se fuera a vivir con una mujer mayor que él. Pero aflojó, siempre aflojaba. Ni la cuarta parte de lo que Nicolás necesitaba y sin embargo tocar los billetes en el bolsillo le daba fuerzas, por primera vez se le ocurrió que no sería imposible conseguir el resto. Si perdía el puesto en la Feria de Artesanos, iba a tener que dejar el pueblo. Y Marina no se iría con él.

Le llamó la atención ver que varios autos enfilaban para el acantilado. Entró a tomar un café en el boliche del Zorro y se enteró de que la apuesta seguía, aunque las cosas habían cambiado. El Patas había decidido que el mar no estaba para juegos y se había vuelto a la orilla. El alemán había pasado la rompiente y ahora no podía volver. Para entrar a la playa había que embocar entre las escolleras. El viento y las corrientes se la estaban haciendo difícil. De a poco todo el mundo se enteraba. Con el tiempo tan feo, la gente no tenía nada que hacer y se iban todos a ver la cabecita del nadador yendo y viniendo en la locura del mar. Las apuestas estaban dos contra uno a favor del alemán, había varios que lo conocían, un tipo grandote, como de cuarenta años pero con físico de atleta.

Lucy vivía bien arriba, como a treinta cuadras de la costa. El viento amainaba un poco en esa zona donde las casas crecían apretadas unas a otras, compartiendo medianeras como en cualquier pueblito, sin los jardines de las casas de veraneo.

Lo había dejado para el final con la esperanza de que no fuera necesario. Hubiera querido pedirle muchas cosas a Lucy, pero no plata. Ella abrió la puerta y no lo dejó entrar. Nicolás espió un poco por detrás de su cuerpo. De la casa salía una corriente de aire cálido, con olor a sopa. Había libros y carpetas arriba de la mesa. Al final le dio algo de dinero, unos billetes que tenía escondidos adentro de un libro, en la biblioteca. Cuando ya se montaba en la bici, Lucía le dijo que ojalá pudiera no verlo nunca más y se echó a llorar. Nicolás se fue silbando contento, aunque la plata no le alcanzaba para nada.

Llovía finito. En la avenida del mar los autos que iban en dirección al Caupo formaban una lenta caravana. Con la bici y el viento a favor llegó mucho más rápido.

En el acantilado, ahora, había un mundo de gente, hombres, mujeres, chicos. Todos bien abrigados, con gorros y pañuelos en la cabeza. El viento era tan fuerte que la lluvia volaba en horizontal, en gotas minúsculas, impalpables cuando daban contra la ropa pero que se clavaban como astillitas en la piel de la cara. Un poco separada de la multitud estaba la mujer del alemán, rodeada, defendida casi, por algunos parientes y amigos. Miraba por los prismáticos con el cuerpo en absoluta tensión, sin apartar la vista ni un segundo, como si fuera su mirada lo que sostenía al hombre que luchaba allá lejos por mantenerse a flote.

Hacía ya unas horas que el alemán había pasado la rompiente. Nicolás se fue enterando de los detalles por los comentarios de la gente. Decían que tenía chicos, que estaban en la casa con la abuela. Los guardavidas se habían largado, tratando de llegar hasta el nadador pero el mar los rechazaba, amenazaba estrellarlos contra las escolleras. El helicóptero no se animaba a salir por la tormenta. Ya se habían dado vuelta varios gomones y una lancha grande. El tipo resistía. Hacía la plancha, daba algunas brazadas, cada tanto intentaba volver a orilla. Se veía la cabecita claramente pero tan lejos que cuando a Nicolás le prestaron unos largavistas lo único que pudo ver fue un punto un poco más grande.

—¿Cómo van las apuestas? —le preguntó a Rodrigo.

—Se dieron vuelta. Ahora están cinco a uno en contra del tipo. Parece que lo perdemos nomás.

Nicolás volvió a contar la plata sin mirarla, con la mano que tenía en el bolsillo.

—Yo digo que se salva. Y me juego —dijo de golpe. Sacó los billetes. —Va todo a favor de alemán.

(A partir de aquí, el final deberá ser completado por el participante)


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